domingo, 30 de septiembre de 2007

LA NUEVA FILOSOFÍA

El mundo es un cosmos, hay una gran sabiduría en él.
La sabiduría contribuye a que el universo esté ordenado y tenga armonía.
Lo contrario de la sabiduría es la estupidez.
La estupidez produce caos. Es un fenómeno genéricamente humano.
El mundo no debe estar gobernado por la estupidez ni por el dinero, sino por la sabiduría.
Filosofía es el amor por la sabiduría.
La filosofía como ciencia es la enseñanza de la sabiduría.
La tarea de la filosofía es enseñar a entender el universo, guiarnos para reconocer las grandes conexiones en este cosmos ordenado sabiamente.
La filosofía debe orientar al ser humano en su vida y también a la cultura, a la política, a la economía y a la ciencia.
Hoy día la filosofía no es un poder.
Actualmente la filosofía ha perdido su influencia en las otras ciencias.
La filosofía no se ha podido consolidar en una imagen del mundo mecanicista basada en un materialismo ciego.
La filosofía necesita una base más amplia que abarque todas las dimensiones de la realidad, necesita una nueva imagen del mundo correcta y completa.

Filosofía es el amor por la sabiduría.

La filosofía es el amor por la sabiduría
Pero ¿dónde está la sabiduría? ¿cómo reconocerla?
La sabiduría no está lejos.
Fijémonos en el huevo fecundado de una gallina.
Ahí, sólo con el calor, lo que está dentro, esa masa bastante uniforme, la clara y la yema, se convierte en algo prodigioso, en un pollo, en un animal con todos sus órganos, con patas y pico, con corazón y ojos.
Nada entra en el huevo, nada sale en este proceso.
Después sólo queda la cáscara.
Todo lo que había dentro era necesario para que surgiera el pollo.
En el interior del huevo se han ido diferenciando las partes duras y las blandas, las puntiagudas y las romas, las largas y las cortas hasta integrarse en una unidad, el pollo.
¿Cómo es posible que ocurra eso?
¿Casualidad o milagro?
Hay una gran sabiduría en este proceso.
Hay una gran inteligencia detrás que lo guía sabiamente.
Esa inteligencia es la conciencia cósmica que ordena y dirige la Naturaleza.
Esa inteligencia ordena el universo, hace que sea un cosmos.

El primer paso hacia la sabiduría es reconocer la sabiduría de la conciencia cósmica.

Es sabio que las plantas echen sus raíces hacia abajo y su tallo hacia arriba, ninguna se confunde.
Es sabio que los astros sigan sus órbitas.
Es sabio que los hombres y las mujeres seamos diferentes para que haya atracción y procreación.
Miremos nuestro propio organismo, la gran sabiduría que contiene.
La sabiduría no está lejos.
El que se asombra del orden del mundo es un aspirante a sabio.
Podemos dirigir nuestra vida y ser felices, si actuamos sabiamente.
Cuando aspiramos a la sabiduría, cuando somos capaces de reconocerla y actuamos en consecuencia, todo encaja, es un acierto pleno. Eso nos hace felices y nos enriquece interiormente.
La riqueza interior es producto de poner en práctica la sabiduría.
La riqueza exterior no es imprescindible para la sabiduría. Comprobamos una y otra vez que la riqueza material no proporciona por sí sola la felicidad. Hace falta algo interior, algo invisible.
La sabiduría es el preciado tesoro que hay que alcanzar en la vida.
El sentido de la vida es llegar a ser sabios.

La filosofía como ciencia es la enseñanza de la sabiduría.

La filosofía es la ciencia que nos enseña la sabiduría.
Actualmente la filosofía que se enseña en las universidades no cumple su cometido de enseñar la sabiduría al pueblo y a sus autoridades. No consigue definir su propia especialidad ni delimitar la sabiduría.
Se contenta con “ahondar cada vez más en la pregunta sin cancelarla jamás del todo”. La filosofía convencional hoy día se resigna a no llegar respuestas verdaderas, es decir, duraderas. Huye de ello llamándolo dogma y sin embargo adora el relativismo como principio inamovible.
La filosofía actual está perdida sin mapa ni brújula y por eso no interesa a la gente, ni tiene poder para influenciar.
Walter Odermatt ha descubierto una nueva filosofía que muestra la sabiduría del cosmos. Esta nueva filosofía toma lo útil de la tradición, pero es en gran parte resultado de décadas de sus propias investigaciones.
La nueva filosofía se basa en una nueva imagen del mundo que abarca el universo entero, que describe la realidad cotidiana.
Ése es el mapa.
No se trata de un modelo, sino de la cosmología necesaria para entender la realidad, para entender su orden armonioso, su estructura, sus conexiones, las correspondencias entre lo superior y lo inferior, entre lo interior y lo exterior.

Hombre en griego se dice anthropos. Esta nueva imagen del mundo pone al hombre en el centro, por eso se llama antropocéntrica.
La imagen antropocéntrica del mundo es la que va a regir en el futuro.
Actualmente supone un cambio radical respecto de la manera de considerar el mundo como algo mecánico y exclusivamente material.
Ya ha habido cambios semejantes en la Historia.

Cambio de la imagen del mundo

En el Renacimiento, el cambio de la imagen geocéntrica del mundo a la heliocéntrica no fue fácil.
Imagínense la conmoción para la gente de esa época según se fueron consolidando las teorías de Galileo y Copérnico: había que dejar de pensar en la tierra como una superficie plana y empezar a representársela redonda y girando alrededor del sol. Recuerden la resistencia de las instituciones, especialmente de la Iglesia.
Hoy día nos parece anticuado considerar el mundo en tres niveles: cielo, tierra e infierno. Actualmente es obvio que la tierra no es el centro de universo y nos hacen sonreír las limitaciones que la imagen geocéntrica del mundo imponía al hombre. Por ejemplo, que adentrarse en el océano supusiera el peligro de precipitarse al infierno.
La curiosidad de unos pocos hizo que cayeran los límites que oprimían a la gente en el corsé geocéntrico. Los astrónomos, que también eran astrólogos, demostraron que la tierra era redonda y que no tenía un lugar fijo, sino que daba vueltas alrededor del sol y sobre sí misma. Así empezó otra imagen del mundo, la heliocéntrica.
Al no encontrar el infierno bajo la tierra, sino el subsuelo, ni a Dios en el cielo, sino el espacio interplanetario, se terminó por confiar únicamente en lo material y medible. Eso ha desembocado en la actual imagen materialista y mecanicista del mundo y ha causado muchos estragos en la ciencia, ya que lo que no se adapta a ella, no se acepta como científico, se ignora y muchas cuestiones quedan sin respuesta.
Pero hoy día volvemos a sentir curiosidad.
Se sale al espacio del mismo modo que los antiguos navegantes al océano.
Se busca con ahínco la fórmula del mundo que una todas las ciencias.
Tarde o temprano todos nos hacemos la pregunta sobre Dios y sentimos la necesidad de una respuesta que ninguna confesión satisface del todo.
Ha llegado el momento de preguntarse:
¿Soportamos hoy día limitaciones parecidas a las de los antiguos geocéntricos por causa de nuestra imagen del mundo?
¿Cómo pensamos hoy en día que es el mundo? ¿Qué imagen tenemos de él?
Actualmente la mayoría de la gente sólo toma en cuenta lo material, lo mecánico, el mundo exterior. Se desprecian como supersticiones otras dimensiones tan importantes y reales como ésa.
Pero si desterramos todo lo que no sea visible, ¿cómo respondemos a las preguntas esenciales sobre el sentido de la vida, el amor, la felicidad, la muerte…?
Para ver las grandes conexiones debemos ampliar nuestra manera de pensar, enriquecerla, perder el respeto a las restricciones materialistas, perder los prejuicios. Muchas veces decimos “imposible” antes de considerar algo con calma.
Cualquiera de nosotros busca vivir la vida intensamente y no quiere pasar por ella sin pena ni gloria.
Cualquiera de nosotros se ha visto a sí mismo en esa mediocridad.
¿Cómo salir de ahí? ¿Cómo volver a obtener esa ilusión, esas ganas de aprovechar hasta el último minuto de nuestra existencia?
¿Es posible que tenga algo que ver nuestra imagen del mundo?
¿Puede ser que en esa imagen no quepan ciertas realidades y nos tenga metidos en una camisa de fuerza igual que a los antiguos geocéntricos?
¿Está completo nuestro mapa?

Pensemos en algo práctico: un niño se les acerca y les pregunta dónde está su abuela que ha muerto hace poco.
¿Cómo contestarían ustedes a ese niño?
Le pueden decir: “la abuela está en el cielo”
o “la abuela está durmiendo un sueño muy largo”,
también se le puede responder “la abuela está bajo tierra”
o “la abuela ha pasado a otra vida”
o algo que seguro va a tener un efecto demoledor, “ya no hay más abuela, la abuela se acabó…”

Simplemente expresar las diferentes opciones nos provoca una reacción. Cada uno siente algo diferente según la concepción del mundo que tenga, según la respuesta que su imagen del mundo dé al tema de la muerte.
Nuestras ideas sobre la muerte o sobre el origen del mundo o sobre el papel que juega el ser humano en él están condicionadas por la imagen del mundo que tengamos.
Hay quien dice que no se ha planteado nunca estas preguntas, que no tiene una imagen del mundo. Pero cada uno es hijo de su tiempo y es posible que se siga sin ser consciente la imagen que proporciona la opinión pública de su época. Eso es peligroso, así se está expuesto a que otros manejen los hilos.
Es importante construirse una imagen del mundo correcta y ser el centro de ella.
Contemplamos el mundo desde nuestro propio punto de vista.
Somos el centro de nuestro mundo personal.
Cuando alguien dice “éste es mi mundo”, se refiere a esa representación interior del mundo que está creando durante toda su vida, que amplía y mejora según sus vivencias y experiencias.
Para que esa evolución sea un desarrollo necesitamos la sabiduría.

La nueva filosofía muestra la sabiduría del cosmos.
En el cosmos no sólo existe el mundo material y mecánico.
En la realidad se compenetran cuatro mundos:
el mundo exterior, la conciencia, el más allá y el mundo interior.
Estos cuatro mundos siempre han estado ahí.
Vivimos y nos movemos en ellos.
Influyen en nuestra vida, aunque no los pongamos atención, incluso aunque los neguemos.
Cada uno de estos mundos tiene sus propias dimensiones y leyes.
Los cuatro mundos forman un orden maravilloso, el cosmos.
Nos van a sorprender las grandes conexiones, la sabiduría del cosmos sorprende.
El asombro es el comienzo de la filosofía.
No hay que creer en estos cuatro mundos, sino ser inteligente, comprobar y experimentar las realidades que vivimos todos los días.
El mundo exterior es el mundo reconocible con los sentidos, tiene materia. Es familiar para cualquiera. Es el mundo visible y palpable.
El segundo mundo en el universo es el mundo de la conciencia, donde tiene lugar la vida interior. Es el mundo de las informaciones. Se percibe con los sentidos interiores y no tiene materia.
El tercer mundo es el más allá, el mundo más allá de nuestra conciencia. Lo experimentamos a diario, por ejemplo, en el sueño, donde ni percibimos el mundo exterior, ni somos dueños de nuestra conciencia. Es el mundo a donde vamos cuando morimos y también carece de materia.
El cuarto mundo en el universo es el mundo interior, el mundo de los arquetipos, el mundo de lo Divino.
Ésta es la imagen antropocéntrica del mundo.
Con ella toda la realidad recibe una explicación científica.
Así la filosofía y la ciencia amplían su objeto de conocimiento y no sólo consideran el mundo material, sino también lo invisible.
Cada uno de estos cuatro mundos es experimentable empíricamente y está sujetos a leyes diferentes.
Conocer estos cuatro mundos y aprender el trato correcto con ellos es decisivo para el desarrollo del ser humano y para su salud.
Si no cuidamos nuestra vida interior, podemos llegar a enfermar.
Si no damos importancia a los sueños, perdemos indicaciones muy necesarias para dirigir nuestras vidas.
Si no reconocemos una inteligencia superior que sostiene el orden del mundo, nos diluimos en un relativismo inútil y poco inteligente.
Considerar el mundo de esta manera nos orienta hacia respuestas sabias que poniéndolas en práctica nos conducen a la felicidad.
En la realidad cotidiana se compenetran cuatro mundos: el mundo exterior, la conciencia, el más allá y el mundo interior.
Veamoslos uno por uno.

El mundo exterior

El mundo exterior es el mundo de todo lo que tiene materia o está relacionado con ella, es el mundo ante nuestros ojos que abarca la tierra y el universo entero, lo que se ha denominado macrocosmos.
Desde la antigüedad se han distinguido cuatro niveles en el macrocosmos: minerales, plantas, animales y seres humanos.
Cada nivel añade algo nuevo y contiene el anterior.
Los minerales, el primer nivel, tienen sólo materia.
Las plantas, además de lo mineral, tienen lo específicamente vegetal, la vida.
Los animales tienen en sí lo mineral y lo vegetal y, además, lo específicamente animal, el alma, el principio del movimiento.
El ser humano, como último nivel del macrocosmos, alberga en sí lo mineral, lo vegetal y lo animal, pero, además, lo específicamente humano, el espíritu, la capacidad de reconocer y establecer grandes conexiones.
Por tanto, el hombre es un microcosmos, un reflejo del macrocosmos, lo específico de cada nivel del macrocosmos corresponde a una capa en el hombre.
En el ser humano está lo específicamente mineral, la materia, lo específicamente vegetal, la vida, lo específicamente animal, el alma, y lo específicamente humano, el espíritu.
El microcosmos se corresponde con el macrocosmos y así el hombre tiene cuatro capas: cuerpo, organismo, alma y espíritu.
La naturaleza del ser humano es ser un microcosmos, un cosmos en pequeño.

El mundo es un cosmos, hay una gran sabiduría en él.
Entre los cuatro niveles del macrocosmos hay un orden armonioso y una relación llena de sentido.
Cada nivel tiene su función particular y está dotado de todo lo necesario para cumplirla.
Los minerales son el material con el que está construido el macrocosmos y el microcosmos y, además, su combustible.
Las plantas transforman la materia de los minerales en algo vivo y producen frutos.
Los animales tienen materia y vida, pero además, tienen alma, se mueven y así contribuyen a la fecundación y expansión de las plantas.
Los seres humanos disponen de todo lo de los otros niveles, pero además, de espíritu. Su cometido es cuidar de que la semilla no sólo se mueva, sino que llegue al lugar correcto.
El hombre tiene la misión de cuidar y conservar la Naturaleza. El espíritu le capacita para reconocer las relaciones y conexiones entre las cosas.
Con lo específicamente humano, el espíritu, podemos reconocer el orden en la Naturaleza y además intervenir en él, es decir, crear cultura.
Esa intervención ha de ser un ennoblecimiento y no una degradación. Nosotros, los seres humanos, somos parte de ese cosmos y tenemos la responsabilidad de no convertirlo en un caos.
Para ello necesitamos la sabiduría.

La conciencia

El segundo mundo en el universo es el mundo de la conciencia, la vida interior del cosmos.
El mundo de la conciencia es el mundo de las informaciones con todo lo vinculado a ellas.
Las formas unidas a la materia pertenecen al mundo exterior.
Las formas en la conciencia son formas interiores libres de materia que tienen una geometría diferente a la del mundo exterior. Las formas en la conciencia contienen información.
La vida exterior actúa sobre la materia. El organismo exterior se origina y se transforma al convertir materia ajena en propia.
La vida interior interviene en las formas que se asimilan convirtiéndolas en informaciones propias y dando lugar a una estructura interior.
La vida interior tiene lugar en el mundo de la conciencia. Con ella el ser humano transforma la historia de su vida y aprovecha el pasado para el presente y el futuro.
La vida exterior está unida a la materia en el espacio y en el tiempo presente. La vida interior es independiente de la materia, del espacio y el tiempo materiales: podemos rememorar algo que ya ha desaparecido en el mundo exterior y podemos ir al futuro construyendo la evolución de algo y preparándonos para ello.
El mundo de la conciencia es el mundo de las informaciones.
Una noticia en el mundo exterior, por ejemplo, el nacimiento de un niño, sólo nos afecta cuando nos enteramos de ella, cuando la información entra en nuestra conciencia.
Cuando no sabemos dónde hemos puesto algo, ese objeto sigue en el mismo sitio en el mundo exterior, pero en nuestra conciencia está perdido.
El mundo de la conciencia no es un modelo o algo en lo que hay que creer. El recuerdo de un acontecimiento pasado es posible porque está contenido en nuestra conciencia como información.
Captamos el mundo de la conciencia con los sentidos interiores, por ejemplo, vemos ese recuerdo en nuestra pantalla interior, sentimos alegría o disgusto, nos emocionamos o reconocemos la trascendencia de algo.
Lo que ocurre en el interior de una persona no lo podemos ver, ni oír, ni tocar, sin embargo, es una realidad, un mundo propio.
El mundo de la conciencia obedece a otras leyes diferentes de las del mundo exterior, porque lo más importante del mundo exterior, la materia, no existe en el mundo de la conciencia.
En la conciencia lo esencial es la libertad: podemos imaginarnos un niño levantando un camión, un río que fluye hacia la montaña. Es posible revivir un acontecimiento pasado.
Pero todo eso ocurre en el interior, exteriormente no pasa nada.
La vida interior es la vida intrínseca del ser humano. La biografía de un hombre describe mucho más su vida interior que su vida biológica.
La felicidad del ser humano depende más de la vida interior que de la exterior. Las posesiones materiales no proporcionan por sí solas la riqueza interior en la que se asienta la plenitud.
Todo lo que hemos vivido está almacenado en nuestro interior. No obstante, ahí puede haber cosas que no son valiosas, sino todo lo contrario. Es una tarea hermosa limpiar nuestra conciencia, el ámbito interior de nuestras cuatro capas, y quedarnos sólo con los tesoros que nos hacen felices en esta vida y que nos llevamos a la otra después de la muerte.
El ser humano exterior muere, el ser humano interior perdura.

El más allá

El más allá es el tercer mundo de la imagen antropocéntrica.
Los cuatro mundos se compenetran, pero son diferentes. Cada uno se experimenta de forma distinta y tiene sus propias leyes.
La diferencia entre el mundo exterior y el mundo de la conciencia es la materia.
La diferencia entre el mundo de la conciencia y el mundo del más allá es la libertad.
En el mundo de la conciencia el ser humano puede elegir sus pensamientos libremente, puede crear el papel que desempeña en su escenario interior según su gusto.
En el mundo del más allá el hombre no tiene esa libertad. Por ejemplo, durante el sueño los acontecimientos nos vienen dados.
También mientras estamos despiertos no siempre somos tan libres como creemos. Muchas veces no conseguimos mantenernos en los pensamientos que hemos escogido. Seguro que les ha pasado muchas veces que intentan concentrarse en algo y no les es posible. Después de un cierto tiempo se distraen y sus pensamientos están en otro sitio, aunque no quieran.
Sólo podemos gobernar nuestra conciencia hasta un cierto punto. Estamos constantemente sometidos a las influencias del más allá. Apenas somos capaces de pensar durante dos minutos sobre lo que nosotros mismos hemos decidido.
La mayoría de la gente no diferencia entre el mundo del más allá y el mundo de la conciencia. Opinan que todo lo que piensan o se representan procede de su propia conciencia. Sin embargo, nos vienen frecuentemente imágenes, pensamientos e ideas que no creamos nosotros. Después somos libres para discriminar con nuestra conciencia las que son verdad de las que lo son sólo a medias y de las que son completamente falsas.
El más allá es en parte bueno y en parte malo y su influencia, positiva o negativa. El que aprende a distinguir puede sacar gran provecho y preservarse de calamidades.
La influencia del más allá en nuestra vida puede ser tan importante o más que la del mundo exterior.
El más allá no es un lugar, sino un estado.
¿Quién no ha sentido algo especial ante una puesta de sol o en la cima de una montaña?
¿Quién no se ha levantado alguna vez agitado y sudando por una pesadilla o lleno de energía y pletórico a causa de un sueño maravilloso?
¿Quién no ha sentido una sensación extraña al ver un cadáver, especialmente si es de alguien querido?
¿A quién no le ha afectado profundamente presenciar un accidente, un caso de fuerza mayor, un encontrarse cara a cara con un poder superior?
La imagen materialista y mecanicista de la ciencias actuales no tiene sitio para el más allá. Reconoce exclusivamente el mundo exterior, la realidad palpable. Esta imagen del mundo no da respuesta a la pregunta: ¿qué viene después de la muerte?
No todos están contentos con esta manera del ver el mundo. Ante la tumba de un ser querido, quizás uno se pregunte: “¿Es cierto que todo se acaba con la muerte o hay algo después de ella?”. No nos da igual si todo se termina con la muerte o si la vida continúa después. ¿Qué nos espera entonces? ¿Tiene la vida actual una influencia sobre la vida después de la muerte? y, si es así, ¿cuál es?
Una opinión muy extendida dice que sólo llegamos al más allá cuando morimos. La muerte sería la puerta del más allá. Sin embargo, en este lado, en la vida terrenal, hay un hermano de la muerte donde nos encontramos en un estado similar al que experimentamos después de ella y en el cual podemos vivir el más allá.
El hermano de la muerte es el sueño. En el sueño nos encontramos en un estado diferente a cuando estamos despiertos. Ahí no podemos vivir ni experimentar el mundo exterior. Algunas veces, cuando nos despertamos, no sabemos cuánto tiempo hemos dormido. Durante el sueño tampoco somos dueños de nuestra conciencia, no podemos representarnos algo como nos parezca.
Entonces la muerte se podría comparar con un dormirse del cual no se vuelve a despertar. Ahí, en el más allá, pervive el aspecto interior de nuestras cuatro capas: el ser humano interior.
Al despertarnos de un sueño, sí volvemos a este lado y algunas veces podemos recordar los sucesos del más allá. Estos sucesos son, además, muy importantes para nuestra vida, a veces, incluso decisivos. Tenemos que dar importancia a nuestros sueños porque contienen mensajes que pueden ayudarnos a guiar nuestra vida. No debemos deshacernos de ellos diciendo: “¡Qué tontería he soñado!“.
Hay veces que soñamos cosas bonitas y otras no lo son tanto. Por tanto existen distintos tipos de sueños que nos quieren enseñar algo.
El mundo del más allá no es una superstición, sino un mundo real y experimentable a diario.

El mundo interior

El cuarto mundo de la nueva imagen del mundo es el mundo interior, el mundo de los arquetipos.
El mundo interior es la imagen primordial de todo, es el principio estructural del cosmos. Es esa inteligencia que todo lo impregna.
El mundo interior respecto al ser humano tiene un aspecto trascendente que ordena y dirige la Naturaleza y otro inmanente, el Sí-mismo, que construye y guía al ser humano desde el interior.
Los arquetipos guían la vida, son la imagen interior que dirige todo el proceso de desarrollo de un ser vivo.
Pero ¿qué es esto de una imagen interior?
La imagen interior es la respuesta a la pregunta ¿cómo de una semilla de manzana puede salir un manzano? ¿por qué del huevo sale un pollo?
Hay una imagen interior en cada ser vivo que tiende a hacerse real, que tiene el poder de convertirse en realidad.
La planta se busca la materia y la transforma, la semilla germina, el tallo sale hacia arriba.
¿Casualidad o milagro?
El caso es que ocurre infinidad de veces cada instante y, además, conectado entre sí: por ejemplo, hay plantas con un cáliz de veinte centímetros y pájaros o insectos con un pico de igual longitud, pensemos en el equilibrio de los ecosistemas.
Los arquetipos no se estorban, se compenetran, como dice el dicho popular, la Naturaleza es sabia.
Los arquetipos tienen cualidades que siempre se han atribuido a lo Divino: están en todas partes, lo saben todo y tienen el poder creador y transformador. Es decir, son omnipresentes, omniscientes y omnipotentes.
Nosotros también somos un milagro. El arquetipo central en nosotros, el Sí-mismo, realiza la obra de arte que somos.
No obstante, llega un punto en nuestra vida en el que tenemos de colaborar conscientemente para hacer realidad esa imagen primordial. Cuanto más lo hagamos, más nos enriquecemos interiormente y más felices somos en este mundo. Esa es la riqueza que perdura en nosotros después de la muerte por estar en consonancia con esa inteligencia que impregna todo.

El mundo interior, el mundo de lo Divino, se compenetra con el resto de los mundos.
Por eso hablamos del cosmos, el mundo está ordenado, tiene armonía y belleza.
Lo contrario del cosmos es el caos, palabra griega que significa desorden, desconcierto, confusión.
Nosotros, los seres humanos, somos parte de ese cosmos y tenemos la responsabilidad de no convertirlo en un caos. Para ello necesitamos la sabiduría.
La sabiduría contribuye a que el universo esté ordenado y tenga armonía.
Lo contrario de la sabiduría es la estupidez. La estupidez produce caos. Es un fenómeno genéricamente humano.
Sin embargo, nadie quiere ser estúpido o ser considerado estúpido, pero muy pocos hacen algo para llegar a ser sabios.
El mundo no debe estar gobernado por la estupidez ni por el dinero, sino por la sabiduría.
La filosofía es el amor por la sabiduría.
La filosofía como ciencia es la enseñanza de la sabiduría.
La filosofía guía al ser humano en su tarea de reconocer las grandes conexiones en el cosmos y su tarea en la vida.
La filosofía ha de recuperar su papel de reina de las ciencias, de guía de la política y la economía, de referencia para el ser humano en su vida cotidiana.
Lo que es sabio crea armonía y felicidad, cuando se pone en práctica.
Por ejemplo, todos reconocemos que pelearse y discutir con mala disposición no conduce a nada. Lo sabio es aprender a decir las cosas con el fin de arreglar, de construir, de llegar a acuerdos sabios. ¿Qué pasaría si actuáramos así? ¿Cómo sería nuestra vida y nuestra sociedad?
Es tonto dedicar la vida a algo que a uno no le gusta y que no va con sus capacidades. Lo sabio es buscar qué es lo que realmente le encaja a uno y cómo llegar a conseguirlo. ¿Cómo sería una sociedad de gente satisfecha y orgullosa de su profesión?
Tolerar que la política esté dominada por la corrupción, por la búsqueda del beneficio personal o sectario no parece muy acorde con la sabiduría. Si la política busca el bien común y proporciona una organización social buena para todos ¿cómo sería nuestra sociedad?
La economía de hoy día busca el beneficio fácil a costa del pueblo y de la Naturaleza. Sin embargo, lo sabio es que todos nos beneficiemos de la abundancia que el planeta nos proporciona y que sepamos conservarla. ¿Cómo sería una economía que, por ejemplo, limpiara las aguas, que nos proporcionase agua viva para beber?
En la educación hoy día sufrimos una pérdida total, no se sabe cuáles son los objetivos ni los medios para conseguirlos. La mayoría de los jóvenes actuales, los futuros educadores, los futuros empresarios, los futuros científicos, los futuros gobernantes, no son capaces de hacerse cargo de algo con responsabilidad y diligencia. Debería primar formar hombres y mujeres autónomos en los que se pueda confiar, que sean conscientes de sus capacidades y anhelen desarrollarlas. ¿Cómo sería un mundo lleno de personas así?
Los científicos cambian sus afirmaciones cada dos por tres y, además, consideran eso un progreso vertiginoso. Si algo es verdad hoy también lo será mañana y si no, es que no era verdad ni ayer ni hoy ni mañana. Hay que aspirar a la verdad y la verdad no cambia. Es eterna.
¿Cómo sería una ciencia que proporcionara un saber que no tuviera que ser corregido, que fuera verdad, que tomara en cuenta todas las dimensiones de la realidad que hemos mencionado y que respondiera a las necesidades del ser humano?
¿Cómo sería una ciencia que tuviera por objeto la sabiduría y no sólo el mero conocimiento o la formulación de hipótesis, sino la sabiduría que surge al comprender las imágenes interiores?
Ése es el cambio de paradigma que Walter Odermatt va a exponer esta tarde.
Tenemos un espíritu con el que podemos ennoblecer la Naturaleza, es decir, crear una cultura sabia y hermosa.
La sabiduría es el preciado tesoro que hay que alcanzar en la vida.
Así salimos del caos y alcanzamos la felicidad.
Eso les deseo de corazón a todos ustedes.
Muchas gracias.

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